Secreto del Pozole, el olvido de desvenar y colar el chile ancho

Por: Al Sar Tenorio

 

De niño pensaba que cocinar era asunto de mujeres, que el hombre no tenía nada qué hacer en la cocina; es más, convenientemente estorbaba y se veía forzado a quedarse en la mesa tomando un trago o leyendo el periódico, según fuera hora de desayunar, almorzar o cenar.

Sin embargo, un día de un lejano septiembre ocurrió un acontecimiento que borró esa idea de mi mente para siempre.

 

Estábamos en la víspera de la celebración patria. Era 15 de septiembre en la tarde y había un ajetreo inusitado en la cocina. Mi curiosidad me levantó del sofá donde estaba viendo las caricaturas de moda, un capítulo en el que un busto de “Afrodita” se desprendía y salía volando a manera de cohete para dañar a un enemigo de “Mazinger”.

El impacto de ese cohete no se equipara al que sentí cuando entré en la cocina y vi a mi padre, nada menos que a don Ángel Sar, entre vapores y olores. En el fogón se encontraban varias decenas de tomates verdes, en la licuadora estaba lo que, la experiencia me indica, era chile ancho.

Lo más impresionante era una enorme olla. Ahora sé que se llama vaporera, en la que borboteaba un líquido blancuzco en el que se cocía una especie de maíz blanco, que yo nunca en la vida había visto.

 

Don Ángel no se inmutó con mi presencia, se encontraba solo en la cocina y estaba absolutamente concentrado en seguir las instrucciones de una receta que había apuntado en una hoja de papel arrancada de mi libreta de la escuela.

Yo me quedé ahí parado, estático, contemplando esa extraña danza que nunca había visto ejecutar a mi papá, con cucharas, tapas, pinzas, ollas, ollitas, trapos para evitar el calor de las asas, entre olores diversos que me hacían agua la boca y, a la vez, toser por esa molesta comezón en la garganta que provocaba el humo del chile al fuego.

 

Después de algunas horas y una cantidad exagerada de trastes sucios, manchas en el piso y las hornillas, y la frente de mi padre llena de sudor, salió el primer plato hondo de cerámica con el guiso de esa noche. Yo no lo sabía, pero estaba a punto de tener uno de esos guisos favoritos en mi vida: el pozole.

Fui el primero en probarlo y su sabor me encantó, aunque no me sorprendió tanto como descubrir la pasión y dotes culinarias de don Ángel Sar. Al estar todos reunidos en la mesa, los elogios de mi familia y algunos invitados no se hicieron esperar, uno de ellos preguntó inocentemente “Ángel ¿le pones ajonjolí a tu pozole?”, con toda la candidez de la que es capaz, mi papá respondió: “Es un secreto”… un secreto que incluía el olvido de desvenar y colar el chile ancho utilizado para el caldo.

 

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