El brunch dejó de ser una moda para convertirse en un ritual urbano. A medio camino entre el desayuno y la comida, esta práctica refleja el ritmo, los ingredientes y la cultura de cada ciudad. Nueva York, París y Sídney ofrecen tres visiones muy distintas de cómo empezar el día tarde, combinando tradición, estilo de vida y cocina contemporánea.
Nueva York: abundancia y diversidad
El brunch neoyorquino es directo y sin complejos. Platos generosos, combinaciones saladas y dulces, y una clara influencia multicultural definen su identidad. Huevos en todas sus formas, pancakes altos, bagels con salmón, bacon crujiente y papas hash son habituales en mesas compartidas.
Aquí el brunch es social, ruidoso y flexible: se adapta a horarios largos y suele acompañarse de café filtrado o cocteles ligeros como mimosas.
París: elegancia y sencillez
En París, el brunch es más contenido y refinado. Se basa en panadería de calidad, mantequilla, mermeladas, quesos y huevos preparados con precisión. Croissants, baguettes, omelettes y yogurts conviven con café espresso o chocolate caliente.
No busca exceso, sino equilibrio. El brunch parisino mantiene una relación directa con la tradición del desayuno francés, ampliado con elementos salados para alargar la experiencia.
Sídney: frescura y producto
La escena de brunch en Sídney gira en torno al producto fresco y a una fuerte cultura del café. Platos con aguacate, huevos pochados, verduras asadas, granos y pan artesanal dominan los menús.
La influencia del bienestar y la cocina saludable es clara: porciones cuidadas, ingredientes de temporada y presentaciones limpias. El brunch aquí es luminoso, relajado y muy conectado con el entorno.
Tres ciudades, un mismo ritual
Aunque cada ciudad interpreta el brunch a su manera, todas comparten una idea central: comer sin prisa. Ya sea abundante, elegante o fresco, el brunch refleja la identidad urbana y la forma en que cada cultura entiende el tiempo, la mesa y el inicio del día.
