El café dejó de ser exclusivo del desayuno para convertirse en un ingrediente clave dentro de la coctelería contemporánea. Su amargor natural, su complejidad aromática y su capacidad para dialogar con destilados lo han colocado como uno de los sabores más explorados en barras de autor alrededor del mundo. Hoy, mezclar café no es una moda: es una técnica que exige precisión y criterio.
Uno de los maridajes más sólidos es el del café con destilados añejos. El ron oscuro y el whisky encuentran en el café un aliado que potencia notas de vainilla, cacao y madera. En preparaciones frías, como el espresso tonic con un toque alcohólico, el café revela perfiles más brillantes y ácidos que funcionan bien con ginebras secas o licores herbales.
El tipo de café es tan importante como el alcohol. Cafés de tueste medio suelen ser los más versátiles, ya que conservan acidez y dulzor sin dominar la mezcla. En cambio, tuestes oscuros funcionan mejor en cocteles cremosos o con azúcar, donde su intensidad se equilibra con texturas más densas.
También entran en juego los métodos de extracción. El cold brew aporta suavidad y menos amargor, ideal para tragos largos y refrescantes. El espresso, más intenso y concentrado, se reserva para cocteles cortos y estructurados, donde el café es protagonista.
La coctelería con café no busca despertar por fuerza, sino generar capas de sabor que evolucionan en boca. Cuando se trabaja con respeto por el grano y equilibrio en la mezcla, el resultado es un trago profundo, elegante y memorable.
